La Valencia del Cid

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Rodrigo Díaz de Vivar, que pasaría a la historia como el “Cid Campeador” nació  en la provincia de Burgos. Se convertiría en la figura más destacada del siglo XI, en tiempos de conquista, aventura y guerra. El Cid pasaría a la historia como un héroe hecho a sí mismo, capaz de tomar sus propias decisiones aunque no necesariamente las aprobara el rey, lo que le llevaría en su vida a sufrir varios destierros. Pero su espíritu guerrero y combativo, su carisma y destreza en el campo de batalla, hicieron de él un hombre admirado y temido por sus adversarios.

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La España del siglo XI era una España combativa y guerrera, pero también destacaba por el auge cultural de ciudades como Toledo, Córdoba, y otras,  así como en importantes avances científicos y agrícolas que habían introducido los árabes tras su llegada a la península en el siglo VIII.

Pero el máximo esplendor alcanzado por los Omeyas con el califato de Córdoba estaba listo para capitular, tras la disgregación de la península en pequeños reinos llamados taifas.  Estos reinos vivían en continuas guerras, al igual que los reinos cristianos situados más al norte de la península.

La reconquista cristiana duraba ya más de 400 años. En el transcurso habían conseguido convivir las tres grandes culturas, pero los nuevos tiempos traían consigo nuevos protagonistas que aprovecharían las fracturas generadas en los nuevos reinos de taifas y la situación de inestabilidad imperante para conseguir su conquista.

Uno de los reyes cristianos más importantes del momento era Fernando I “El Magno”, que llevó a cabo una enérgica actividad de Reconquista, además  de someter a varios de los reinos de taifas al pago de tributos.

Pero en 1065 muere. Y se dice que cometería un gran error al dividir sus posesiones entre su descendencia, ya que este hecho provocó numerosas disputas entre los hermanos,  desencadenando la muerte en  Zamora de su primogénito Sancho en 1072.

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La relación entre Alfonso VI y el Cid estuvo dividida entre la necesidad de un rey que ansiaba poder contar en sus filas con el mejor guerrero de la época, y la desconfianza y rencor hacía un hombre capaz de tomar sus propias decisiones. Este hecho llevo al Cid a sufrir destierro hasta en dos ocasiones. La primera en 1081, tras la cual marcha a Zaragoza al servicio de un rey Moro, iniciando una etapa de aventura mercenaria. Y la segunda en 1089 cuando Alfonso VI volvió a castigar al Cid con un nuevo destierro, aplicándole además una medida que solo se ejecutaba en casos de traición, que conllevaba la expropiación de sus bienes; extremo al que no había llegado en el primer destierro.

Es a partir de este momento que el Cid comenzó a actuar a todos los efectos como un caudillo independiente, y planteó su intervención en Levante como una actividad personal, y no como una misión por cuenta del rey.

La amenaza almorávide era cada vez más fuerte. Había puesto sus ojos en la prospera y rica ciudad de Valencia, ciudad  en la que sus habitantes contaban con la abundancia de la huerta y un magnífico sistema de irrigación, de ahí que la vida en la capital del Turia fuese verdaderamente placentera.  El Cid, sabedor de tal hecho tomó la determinación de dar un paso más en sus ambiciones y decidió conquistar la ciudad de Valencia.

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La ciudad capituló tras seis meses de duro asedio, meses en los que se arrasaron campos de cultivo y se cortó todo suministro de enseres, sometiendo a la ciudad a una hambre devastadora.

Según la Crónica anónima de los reyes de taifas:

 “Los habitantes, privados de víveres, comieron ratas, perros y carroña, hasta el punto de que la gente comió gente, pues a quien de entre ellos moría se lo comían. Las gentes, en fin, llegaron a sufrimientos tales que no podían soportar”. (saber más)

La importancia de Valencia era tal que hubo diversos intentos de reconquista por parte de las huestes musulmanas, todos frustrados hasta la muerte del Campeador en la ciudad el 10 de julio de 1099.  Su viuda, Jimena Díaz, defendió la plaza frente a las huestes almorávides hasta que la situación se hizo insostenible, abandonando la capital a manos de los musulmanes en 1102.

Valencia quedaría definitivamente en manos cristianas el 9 de octubre de 1238, bajo el  dominio  del rey Jaime I.

En la actualidad los restos del Cid y su esposa se encuentran enterrados en la catedral de Burgos.

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